«La mente es como un paracaídas: solo funciona si se abre». Albert Einstein

Siempre me han fascinado los procesos metacognitivos, incluso antes de saber que existieran y les pusiera nombre. No en vano, al finalizar mis estudios de Psicología en 1992 y verme impulsada a seguir mis estudios de doctorado por la necesidad de seguir aprendiendo y en un momento en el que no era fácil acceder al Conocimiento y a la Formación continua (volví a Huesca y aún no teníamos internet accesible), planteé mi proyecto de tesis sobre este tema titulándolo «Procesos metacognitivos en la motivación de logro». Lamentablemente, la falta de recursos en aquel entonces y ponerme a trabajar en la empresa privada, dejaron esta tesis apenas sin comenzar y mi doctorado sin finalizar; quizás esperando a que en cualquier momento de mi vida la retome, con lo que siguen siendo mis dos temas predilectos en mi profesión: los procesos metacognitivos y la motivación humana.

Traer este tema hoy no es casual; esta semana he asistido como participante en las mesas de dos jornadas técnicas, donde poníamos en común la necesidad urgente de trabajadores cualificados en determinados sectores en los que la demanda no se cubre; pero también la necesidad de la formación continua necesaria que dé respuesta al exponencial desarrollo tecnológico, los cambios constantes y de nuevos procesos que estamos presenciando y como si de un tren se tratara, o nos montamos en él o esperamos en el andén a que próximos trenes nos recojan y ya será tarde. Una sociedad avanza cuando lo hacen sus personas, del mismo modo que las organizaciones crecen y son competitivas si crecen sus personas en y con ellas. Y el único modo de crecer es «aprendiendo«. Pero aún más, en un sistema cambiante, líquido, en movimiento, no son solo las competencias técnicas y habilidades las que ponemos en juego. Hoy más que nunca son las competencias transversales, las actitudes hacia esos cambios y hacia el aprendizaje donde cobra fuerza el desarrollo y por tanto debería estar puesta nuestra atención. No se trata de «aprender por aprender» y formarnos en innumerables cursos que se pongan a nuestra disposición para coleccionar diplomas. El foco en mi opinión hay que ponerlo en «Querer aprender» tanto como individuos, como organizaciones o Sociedad. Y es aquí donde los procesos metacognitivos y la motivación cobran fuerza y sentido para dar respuesta a una de las competencias clave necesarias en nuestros trabajadores, que no es otra que la capacidad para solucionar problemas, con todo lo que ello implica de puesta en juego de otras competencias como conocimiento, flexibilidad, adaptación, iniciativa, proactividad, etc.

Etimológicamente la palabra «metacognición» proviene de la unión del prefijo griego “más allá” y del vocablo latino «cognoscere». La metacognición se define como “pensar sobre el pensamiento” (Cheng, 1993) o en las palabras de John Flavell (1985), autor a quien se atribuye la acuñación del concepto, «la cognición acerca de la cognición». Establece que el desarrollo de las habilidades metacognoscitivas desempeña un papel importante en muchos tipos de actividad cognoscitiva como: persuasión oral, comprensión lectora, la recepción, la atención, la solución de problemas y diversas formas de
autocontrol
(Flavell, 1985: 104). Dicho de otro modo, la metacognición implica el conocimiento y regulación consciente de nuestro propio conocimiento; implica por tanto autoconocimiento o autovaloración, así como un control ejecutivo del mismo y de autogestión. Pero lo más importante no está allí en mi opinión, sino en el «control» que las personas entonces tenemos sobre nuestros propios procesos cognitivos, lo que nos da alas para pensar, cuestionar y modificar nuestras propias técnicas y generar a partir de allí otros nuevos conocimientos. Es allí donde radica la diferencia entre una persona que abre su paracaídas mental sobre un problema y lo aborda no solo desde el Conocimiento, sino desde los procesos que pone en juego y aprende del mismo proceso, respecto a quien solo aprendió los conceptos y no aprendió a «pensar» sobre los mismos y a cuestionarlos.

Como dice un proverbio chino,«Profundas dudas, profunda sabiduría; pequeñas dudas, poca sabiduría», y que tan bien recogió José Ortega y Gasset en una frase que yo siempre repito a mis alumnos en los cursos de Formaciónde formadores: «Siempre que enseñesenseña a dudar de lo que enseñas«, intentando proyectar la necesidad de compartir nuestro Conocimiento en los procesos de aprendizaje a nuestros alumnos, haciéndolo desde la Ciencia y no desde el dogmatismo y opinión, en una constante provocación de un ejercicio mental de cuestionamiento que invite a «aprender a pensar», clave para seguir aprendiendo.

La formación continua, esa que nos debe acompañar durante toda nuestra vida es también el desarrollo de esos procesos metacognitivos que nos inviten no solo a seguir aprendiendo sino a «querer aprender» y también a mantenernos jóvenes, como rezaba una cita de Henry Ford. El talento, el desarrollo personal y profesional pasa por el aprendizaje constante, y es allí donde las organizaciones deben poner el foco para seguir creciendo y dando respuesta a las necesidades actuales y futuras.

¿Cómo está preparado nuestro Sistema educativo para este reto? ¿Son nuestros docentes conscientes de sus propios procesos metagognitivos y motivacionales como para trasladar y provocar en su metodología docente esa necesidad en los otros? ¿Se empuja desde la Administración a ello ahora que se está en puertas de una reforma educativa? Si no enseñamos a nuestros alumnos a «pensar»; si no lo abordamos desde lo que la Ciencia nos dice sobre los procesos motivacionales donde el esfuerzo, el autoconocimiento y el autocontrol son claves en los procesos ejecutivos que abordarán en el futuro, estaremos dejando pasar la gran oportunidad que cualquier sociedad avanzada que se precie en llamarse así, debería tener.

Termino mis reflexiones de hoy con una cita de Alvin Toffler «Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y volver a aprender«, con la que muestro desacuerdo en parte, pues toda ella es cierta, pero olvida que el cerebro humano no «desaprende», pues siempre aprende y también de los errores, añadiendo Conocimiento y técnica metacognitiva en lo que yo llamo la «Gran conexión de puntos transaccional» ante los problemas nuevos, o como reza la cita con la que he comenzado la entrada de hoy, «abrir el paracaídas». Y propondría un cambio en esta cita reformulándola en : «Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, pensar y volver a aprender«

¡Muchas gracias!

Patricia Tisner Laguna – Psicóloga de las Organizaciones y desarrollo

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