Hoy en mi entrada abordo un sentimiento, un proceso, una transformación interna, desde la conciencia, la palabra y la racionalidad que solo la experiencia y la vivencia interior permiten estructurar en palabras.

Y lo hago desde una imagen, una fotografía representativa de una vivencia emocional del pasado domingo, cuando se me tomó esta fotografía, disfrutado de una espectacular exposición por parte del afamado director de Museos Pablo J. Rico de la obra de Santiago Arranz, “El artista en su laberinto” en el Museo Provincial de Huesca. En el fondo de la exposición, la famosa Sala de la Campana y la obra laberíntica del artista sobre el antiguo suelo empedrado del habitáculo y que recoge tantos secretos y tantos años de Historia. Mi irreprimible grito de admiración ante la visión de “este fondo” fue la señal del impacto emocional que el Arte creo que debería provocar y que en mí se produjo. Ahora entiendo que el contexto, la preparación, la predisposición, el juicio previo, el “Todo” es lo que provoca la magia de la provocación del Arte en la persona y la unión de este con el mundo de la Psicología de las emociones.

No entiendo de Arte, me reconozco una ignorante, aunque he visitado siempre los museos que he podido en mis viajes o lugares que visito y hasta ahora, precisamente por esa ignorancia quizás, no había tenido más impacto en mí que la simple exposición de la belleza de las obras en algunos casos; en otros, la simple indiferencia o incomprensión de lo visto convertido en decepción. Esta ha sido la primera vez que creo haberme acercado al Arte de verdad; y ello gracias a tener al “maestrodirigiendo la mirada previa con la que debía abordar la escena, desde lo que la obra me preguntaba a mí y no sobre lo que yo creía que quería representar. Y así fue como recorrí de forma caótica, sin orden ni prejuicio los diferentes cuadros que ante mí se presentaron, culminando en lo que realmente fue la gran pregunta e introspección, que en redes el Maestro supo interpretar de la fotografía como “Patricia reflexionando sobre el laberinto de su vida“. ¡Touchée!

Porque , del mismo modo que la exposición debía ser experimentada desde el interior personal e individual de cada uno, así es como cada uno afrontamos nuestros propios laberintos, diferentes totalmente unos de otros como un código genético único que nos hace diferentes a cada persona o una huella dactilar que nos identifica en nuestra individualidad. Cada persona en su laberinto y todos con el mismo afán de llegar a nuestro final en línea recta, lo fácil, sin habernos perdido, sin haber chocado con muros y puertas sin salida; tomando decisiones en la elección de todos y cada uno de nuestros caminos y senderos que son los que marcan las diferencias y nos sitúan en un lado u otro, en un contexto u otro. La vida es una constante toma de decisiones que nos llevan adonde estamos y queremos ir, como lo es tomar una dirección u otra en un laberinto; insistir en quedarse caminando en círculo volviendo siempre al mismo lugar o rendirse de intentar pasar muros limitantes, o bien arriesgarse a tomar nuevos caminos buscando nuevas salidas, es lo que marca la diferencia de poder seguir avanzando y creciendo; la otra es resignarse ante las situaciones que no gustan, incomodan o son tóxicas e impiden avanzar. Perderse en un laberinto es aprender, es adquirir estrategias de afrontamiento que llenan la mochila con la que viajamos y nos ayuda a enfrentar el siguiente peldaño. Y para ello hay veces que es necesario desorientarse para volver a orientarse de nuevo. Y en esas paradas, hay que negociar con todos los elementos, incluso con lo que yo llamo los demonios, los externos y los internos, como son la incertidumbre, el miedo, el ego, el orgullo entre muchos, siendo este, el del miedo, la mayor de las emociones paralizantes. Quien no camina, no experimenta y tampoco llega a conocer a sus principales enemigos; ese es un proceso totalmente individual que hay que vivenciar en primera persona, como se hace cuando se admira el Arte.

Esta semana me vi en dos situaciones personales; la primera de ellas, enviando un mensaje categórico, a una persona encantadora, que apenas conozco pero que me regala todos los días su sonrisa al salir de mi trabajo. En un comentario trivial, hizo mención a los demonios que nos rodean; tras unas palabras, me vi diciéndole de forma contundente y firme, no habitual en mí en estas cuestiones: “Si tienes demonios en tu vida, invítales a cenar; conócelos bien y conversa con ellos porque es la única forma que los podrás controlar“. Esa misma noche, conversando con una buena amiga e intentando ayudar en una parada en su laberinto, le envié el mismo mensaje, siendo consciente de que las buenas intenciones no sirven cuando damos consejos desde fuera, desde esa parte objetiva en la que lo emocional no es propia. Fui consciente más que nunca que el proceso a pasar es individual y de cada persona, en su momento y en su lugar en el laberinto. Sentarse a la mesa con los demonios de cada uno es lo que hay que hacer; desde fuera, simplemente coger la mano y ofrecer nuestra ayuda para decir cómo tiene que negociar con ellos, pero no hacerlo en su nombre. Perderse en laberintos puede ser a veces como pasearse por el infierno conociendo a todos los demonios; a veces es esa “cena” la que permite coger fuerzas y controlar al peor de todos ellos, el miedo, paralizante de la toma de decisiones y de seguir investigando nuevos caminos que lleven a sitios distintos en el recorrido laberíntico de la vida. Y, desde luego, si no se camina, no se crece ni se ven otras puertas de salida posibles; pero lo importante es estar llenos de estrategias de afrontamiento que permitan reconocer a los próximos demonios que nos encontraremos, porque lo haremos; la diferencia, es que sabremos reconocerlos desde lejos.

Para controlar a tus demonios, hay veces que pasearse por el infierno; sentarse a la mesa con ellos es la mejor de las estrategias. Sentarse a mirar el propio laberinto desde fuera, como representa la fotografía de esta entrada, también ayuda a visualizar los caminos recorridos y los que quedan por recorrer“.

Y, como no, aprovecho esta entrada para reafirmarme en mi reivindicación como profesional de la Psicología de que tengamos cuidado con los vendedores de humo, los que nos prometen fórmulas mágicas de felicidad, los que nos generan expectativas de caminos rectos y no laberínticos en la vida para llegar a destinos deseados, maravillosos mundos de felicidad y positivismo que poco favor hacen a las personas y desde luego a nuestra profesión (Ver https://patriciatisner.com/2021/05/09/la-ignorancia-es-atrevida/.) Eso no existe y los profesionales lo sabemos. No hay fórmulas mágicas porque no hay dos seres iguales y cada uno tiene ante sí su propio laberinto.

Fue un profesional del Arte quien me dio a mí una mirada diferente sobre este; ahí lo dejo para la reflexión cuando hay que confiar a quien solicitar la mano de ayuda para que acompañe en esas cenas con los demonios o en esas flechas que nos indican salidas posibles en el laberinto. Cada paseo que hago por linkedin y ya con muchos demonios conocidos, me recuerda mi grito constante y mi responsabilidad como profesional de recordarlo. ¡Gracias!

Patricia Tisner Laguna – Psicóloga de las Organizaciones y desarrollo

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SONRÍE-T Sección creada con el objetivo de recoger experiencias a partir de los debates creados en un grupo al que pertenezco y que me anima a escribir artículos de Psicología para difundir aspectos concretos de la misma, de mi experiencia, reflexiones y las de otros.