Esta semana un buen amigo me sacó una gran sonrisa con esta frase cuando me describía un problema que tenía con una persona, intentando, mediante esta simpática comparativa, analizar las causas de su comportamiento. Y, de inmediato, tomé la decisión de escribir esta entrada en ese compromiso que he adquirido con la sección Sonríe-t, en esa mirada y sonrisa hacia nosotros mismos en nuestros defectos y virtudes.

Lo primero que he hecho antes de ponerme a escribir la entrada ha sido investigar un poquito sobre la lejana posibilidad en mi mente de que que las plantas tuvieran algún tipo de Inteligencia emocional (IE), “topándome” de frente con Stefano Mancuso (1965), ingeniero agrónomo, doctorado en Biofísica y profesor en la Universidad de Florencia y quien dirige el laboratorio internacional de Neurobiología Vegetal. ¿Neurología? Esto ha hecho que siguiera leyendo ante la curiosidad despertada. Interesantes sus investigaciones y también cuestionadas y que refleja en su reciente libro “Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal”. De forma resumida, lo que viene a decir es que las plantas tienen una sensibilidad especial, capaces de reconocer a los de su familia, de comunicarse, de detectar parámetros físicos y químicos que el resto de animales no podemos, su gran capacidad de adaptación ante su incapacidad de movilidad y hasta la necesidad de la compañía para el aprendizaje como es el caso de los girasoles que “juguetean” en grupo buscando el sol. Interesante su apreciación sobre la incapacidad de un girasol para buscar el sol si crece en solitario ante la falta del aprendizaje en grupo.

Me reconozco una ignorante en esta materia, pero me sirve como hilo argumentativo para abordar la IE humana, y por tanto, espero que así se tome, ya que esta Teoría me ha provocado una sonrisa recordando a mi amigo, pues me ha hecho detenerme en esta comparativa y he vuelto a sonreír por lo que implica IE en los humanos (de la que ya he escrito alguna entrada).

Tomando como referencia las Teorías de Salovey y Mayer, definimos la IE es “la habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud, la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional y la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual” (Mayer & Salovey, 1997); su complejidad hace que deje para una próxima entrada una explicación detallada.

Pero en la comparativa y tomando de referencia también a Daniel Goleman (1946), uno de los gurús de la IE y responsable de la popularización del término, esta se compone de cinco elementos básicos que son: autoconciencia, autoregulación, motivacion, empatía en sus tres vertientes (cognitiva, emocional y preocupación empática) y habilidad social. Y, es esa la causa de mi sonrisa, la comparativa en sí misma de todos estos elementos que tan humanos son y que tanto se acercan a la defensa que se hace desde la Neurobiología vegetal.

Yo, que soy defensora acérrima del impulso y desarrollo de las competencias emocionales en las personas y que tanto ponemos en juego en las organizaciones, en las relaciones con otros, tan importantes en las competencias de los líderes, tan necesarias en el mundo líquido, cambiante y volátil en el que nos movemos, me veo comparándola con la que poseen las plantas y que, provocando a quien me lea, espero, otra sonrisa, al menos nos haga reflexionar sobre cuán civilizados y desarrollados nos creemos.

Y es que solo debemos recordar que no hay empresa si no hay personas detrás “conectadas”; no hay productos si no hay clientes; y no hay clientes si no “conectamos” con ellos; no hay trabajo eficaz si no hay motivación; no hay liderazgo si solo hay estrategia y no hay inspiración, guía, comunicación ni empatía; y tampoco lo hay si no hay autoliderazgo y autocontrol. Como Goleman dice Cómo te controlas a ti mismo, cómo te lideras es fundamental, porque ahí están las bases para liderar a otras personas”. Porque si se está en el mundo de la empresa , se está en el mundo de las personas y por tanto necesitamos de la IE y de todos sus componentes que poseemos en diferente cantidad y calidad cada uno de nosotros, pero que necesitamos de todos. Y sí, llenos de ejemplos estamos, querido amigo que ha motivado el título de este post; hay personas que no la tienen, fallando en todos los componentes de lo que la Inteligencia emocional implica y podemos vernos avocados a pedir y recriminar sin recibir de donde no existe ni tampoco la autoconciencia de ello, principio fundamental para iniciar cualquier cambio.

Y es por ello que invito a todos los que me estén leyendo a mirar hacia uno mismo y también a nuestro alrededor para identificar esos componentes y quizás, cuando pensemos en esas personas que vemos carentes de empatía o de cualquiera de los otros componentes emocionales, “les” miremos y “nos” miremos con cierta compasión.

Termino este post con el humor que lo he iniciado y por lo necesario del mismo, tras esa identificación y evocación provocada; y, quizás, teniendo en cuentas a la Neurobiología vegetal, entonces tendríamos que cambiar el mensaje de “Tiene la Inteligencia emocional de una planta” por “Tiene menos Inteligencia emocional que una planta”, pues al menos daremos a las investigaciones de Mancuso esa posibilidad que yo, al menos, desde el desconocimiento, a priori negaba. Porque, al fin y al cabo, las relaciones humanas son como “jugar” en un equipo buscando el sol como lo hacen los girasoles.

Y, porque como el mismo autor dice, los seres humanos no somos necesarios para la existencia de las plantas, pero nosotros sí que necesitamos de su existencia para vivir, por su fuente de energía y oxígeno necesario … Interesante reflexión si la unimos a la de Goleman cuando dice que “la inteligencia emocional es el poder de ser capaz de importar a la gente”, las palabras sobran, porque llega el momento de la reflexión si unimos en nuestra mente ambas Teorías; y toca valorar en su justa medida lo que la inteligencia emocional implica en nuestra vida, en nuestras relaciones y en nuestra supervivencia, la personal, la de la especie y en las de nuestras organizaciones.

Patricia Tisner Laguna – Psicóloga de las Organizaciones y desarrollo

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