Publicado en el Diario de Huesca el 7 de enero de 2025
En respuesta a la invitación de mi querido Miguel Ángel Otín en su más real que nunca artículo de opinión que podemos leer en Diario de Huesca y en blog de autor titulado “Polarización” y al que invito a leer, comparto estas reflexiones que me han acompañado estos días.
Me hubiera gustado poder ofrecer una visión optimista del tema, pero las personas somos lo que somos y es en la Psicología Social donde podemos encontrar las explicaciones a estos comportamientos y las respuestas a las cuestiones que planteas.
Y de entre las explicaciones que existen, todas ellas complementarias, creo que la más importante y que cobra fuerza para explicar el fenómeno de la polarización está en lo que denominamos “identidad” y “sentido de pertenencia”. Es en ellas donde podemos encontrar el por qué, en tiempos de polarización, la diferencia se convierte tan fácilmente en distancia y nuestra identidad ser una brújula de vida o una trinchera.
La Teoría de la Identidad Social, desarrollada por Henri Tajfel y John Turner en los años 70 es una de las Teorías explicativas del fenómeno de polarización, sus causas y consecuencias. Sus experimentos revelaron que basta con asignar a las personas a un grupo cualquiera para que empiecen a favorecer a “los suyos” y a discriminar al resto. No hace falta historia compartida ni conflicto previo, sólo una etiqueta, el efecto de la “mera categorización”, abriendo con ello la puerta de una de las teorías más influyentes de la Psicología social.
La Teoría de la Identidad social nos recuerda por qué nos sentimos parte de ciertos grupos, por qué defendemos determinadas posiciones con tanta intensidad y por qué, a veces, la diferencia se convierten en oposición, en el enemigo a batir. Y es que, no debatimos sólo nuestras ideas, defendemos la identidad que hemos construido y nos han construido. Cuando estamos rechazando determinados argumentos, aunque sean objetivos, los rechazamos porque se han convertido en amenazas simbólicas y cuando esto se da, ya no buscamos sólo tener razón, sino proteger nuestro lugar en el mundo.
Solamente cuando entendemos esto, es cuando podemos cambiar la forma en que miramos al otro, no como un enemigo, sino como alguien que también está tratando de defender algo importante para él.
Las personas vivimos en una dualidad como seres únicos e individuales al mismo tiempo que parte de grupos como la familia, el territorio o comunidad, que moldean cómo pensamos, cómo sentimos y cómo actuamos. “Pertenecer” nos aporta “seguridad”, saber que no caminamos solos; nos aporta también “Sentido”, sentirnos parte de algo más grande que nosotros; y algo muy importante, nos aporta “autoestima”, sentir que nuestro grupo tiene valor y que nosotros lo tenemos con él. Y esta necesidad es tan básica que funciona incluso en grupos recién creados o arbitrarios. Nuestro cerebro busca patrones, vínculos y pertenencias y en ese sentido nos hace totalmente vulnerables a quienes desde posiciones de poder utilizan la psicología social como herramienta de manipulación o estrategia.
La división de categorías de “los nuestros” y “los “otros” según la Teoría de la identidad social, ni siquiera es racional, es emocional, teniendo efectos profundos en nuestros comportamientos: favorecemos a los nuestros aún sin darnos cuenta, interpretamos su acciones con benevolencia, exageramos las diferencias con los otros y somos más susceptibles a las críticas hacia “mi grupo”. Y es aquí donde la Psicología cognitiva y los sesgos de confirmación entre otros, hacen todo el trabajo, poniendo en marcha mecanismos psicológicos que buscan proteger la identidad que sentimos como propia, idealizando el “nosotros”, favoreciendo pensamientos únicos de grupo y castigando al disidente.
En mi opinión, actualmente estamos viviendo una crisis de identidad muy importante con todo lo que ello conlleva. Me asusta desde hace algún tiempo el cuestionamiento constante que se está haciendo a las bases más esenciales que sustentan al individuo en los grupos, su sentido de identidad básica, constantemente cuestionada y de pertenencia. Veremos la consecuencias en medios plazos en la salud psicológica de nuestros jóvenes y futuros adultos, pero en corto ya lo estamos viendo en esta inmensa polarización que vivimos y que ha impulsado este escrito.
Y esa polarización social que vivimos hoy nos hace girar la mirada al ámbito político, ése que debería representar y servir al ciudadano, algo basado en ideologías, ni siquiera en ideas, ésas que son propias de cada persona. La realidad es que el mundo de las ideas ha ido dando paso al mundo de la ideología, al blanco y negro, al nosotros y los otros, al uso de la etiqueta como forma de categorizar a los buenos y a los malos; un mundo en el que las posiciones cada vez se vuelven más rígidas, el desacuerdo se vive como ataque personal y hay ya conversaciones imposibles, donde antes había apertura al debate y a los matices.
La Teoría de la Identidad Social nos recuerda que somos vulnerables a los discursos que prometen pertenencia y que podemos confundir identidad con pensamiento único. La manipulación se apoya en mecanismos psicológicos reales y la división no surge de la nada: se construye, se alimenta, se dirige. Recordemos esa sentencia atribuida a Julio César y posteriormente a Maquiavelo de “divide et impera” o “divide y vencerás”
La identidad es necesaria. Nos sostiene, nos da raíces, nos conecta como seres humanos y sociales. Pero cuando se convierte en un arma, perdemos todos. Comprender cómo funciona nuestra psique no nos hace inmunes, pero sí más conscientes. En estos tiempos de polarización y crispación se hace necesario más que nunca recuperar la capacidad de pensar por nosotros mismos, de escuchar sin miedo, de pertenecer sin excluir, porque una sociedad madura es la que defiende los pensamientos y diferencias, las ideas por encima de las ideologías y la que convive con sus diferencias sin romperse.
Y, todo empieza en la Educación, por el pensamiento crítico, por el Conocimiento y el criterio como bandera y escudo de nuestros propios sesgos cognitivos que nos abren a la convivencia. Y es algo que no se hace en un solo día, se cuece a fuego lento y nos moldea en lo que somos. Por ello, aunque haya empezado con un cierto pesimismo, a la pregunta que lanza Miguel Ángel Otín en su artículo sobre si el 2026 será el año de la transformación de la polarización en unión, no creo que en un año haya solución a una situación ya demasiado alarmante , pero queda la esperanza en lo que podamos hacer y aportar desde nuestras acciones individuales invitando a las personas, simplemente, a pensar sobre sí mismos y el fundamento de sus ideas y etiquetas, a buscar los hilos que nos mueven a todos para empezar, al menos, a comprender.
Pensar por uno mismo, revisar nuestras etiquetas y comprender nuestros sesgos quizá no resuelva la polarización de inmediato, pero sí nos recuerde lo esencial y la responsabilidad sobre quiénes somos, nuestra propia libertad, también la de las ideas y cómo elegimos convivir con esos que hemos etiquetado como «los otros»
“La libertad comienza cuando empiezas a cuestionar.” — Jean-Paul Sartre
Muchas gracias.
Patricia Tisner Laguna
Identidad y polarización; una mirada desde la Psicología social
Deja un comentario